El 2001 no fue gratis. Generaciones enteras que se
cayeron: de la sociedad, del mercado, de su propia familia, del país. Clases
medias acostumbradas a tener patrones de consumo, no importa cuales, determinados
productos diarios, el viaje de todos los años en enero, el sueño del padre de
poder lograr la fiesta de 15 para su hija y, con mucho esfuerzo también,
comprarle un auto, porqué no usado, a su hijo a los 18. Todo termino de un año
para el otro. Grandes sectores de la clase media que se cayeron a condiciones
económicas precarias, retrocediendo en el tiempo. Y la clase baja lo sufrió, de
otra manera obviamente. Los ya marginados durante los treinta años de potentoso
neoliberalismo, salvaje durante los noventa, quedaron todavía más marginados.
Saqueos, represión, muerte, enfrentamiento social,
derechos perdidos, juicio social a nivel micro, crisis de representación a nivel
macro, ruptura total del tejido social ya resquebrajado. La cumbre de la
otredad. Transmutación de los roles hasta el momento asumidos como normales:
los hijos van a la escuela, la madre ama de casa y el padre provee. El padre se
queda sin trabajo, probablemente se separa el matrimonio, o no, la mujer sale a
buscar trabajo y probablemente no lo encuentra, o termina haciendo cosas que
nunca se imaginó que haría. Generaciones de hijos que vivieron aquella crisis
social a nivel micro y macro, en su familia y en la comunidad entera. Se
desdibujan los límites entre el bien y el mal en todos los niveles.
El impacto sobre aquellos individuos que estaban en la
cúspide del proceso de formación de su personalidad, en su adolescencia. El
impacto sobre los padres de aquellas victimas, a quienes trastocaron todos sus
principios. ¿Lo hizo el mercado? ¿Lo hizo la clase política? ¿Fue la misma
sociedad? Sin duda es un conjunto de factores.
Los últimos diez años de bonanza económica fueron un espectáculo.
Como pocas economías en el mundo, Argentina resurgió de las cenizas volviendo a
crear empleo, distribuyendo beneficios económicos a todos los sectores. La clase media se duplicó, volviendo a incluir a gran parte de los sectores antes marginados. Se pacificó también a los afectados por el default del 2001, los actores externos. La macroeconomía todavía exhibe números sumamente favorables a pesar de todas las voces que hoy quieren levantar el teléfono de una nueva crisis (charlamos de esto acá hace tiempo).
Hoy volvemos a ver imágenes que todos, ingenuamente, creían que no volverían a ver más. Saqueos, represión, muerte, enfrentamiento social, derechos cuestionados, juicio social a nivel micro, crisis de representación a nivel macro, resurgimiento de los quiebres en el tejido social. ¿Fue realmente reparado aquel tejido social?
Hace tiempo que nos contentamos con las explicaciones del tipo económico: si al país le está yendo tan bien, entonces cómo es posible que haya otra vez saqueos. Si los niveles de pobreza y desempleo son tan bajos, cómo puede ser que haya saqueos nuevamente. "Son ladrones, si tenes hambre no te robas un LCD, te robas comida". Bueno, intentemos superar este tipo de explicaciones, dignas de ser dichas por los economistas ortodoxos que en su momento nos llevaron al pozo, los que se olvidaron de las consecuencias sociales de la paz económica. La economía no puede explicar esto. Es que el 2001 no fue gratis: aquella época que trastocó todas nuestras maneras de comprender lo que pasaba, partió en dos la regla con la cual medir lo que está bien y lo que está mal, cristalizó nuevas maneras de percibirnos a nosotros mismos y a los que nos rodean. Cristalizó actitudes, formas de juzgar y explicar los fenómenos propios y ajenos, formas de solucionar las cosas. Todos cristales que quedarán y subsistirán más allá de la bonanza económica: la plata no soluciona todo.
Los que tejen y manejan estas situaciones sacan ventaja de necesidades preexistentes. Sacan ventaja de las carencias que tienen los individuos que fueron a saquear. Carencias económicas, pero por sobre todo, carencias socioculturales. La responsabilidad, en último término mal que nos pese, todavía es del Estado y la sociedad misma, que no entiende que el dinero no lo explica todo. Va a llevar años reconstituir percepciones socioculturales que mantengan el fino equilibrio de la paz en la sociedad argentina. Años de invertir mas, mucho mas, en educación, cultura, ciencia, tecnología, trabajo, etc.
10 años de presupuesto abultado en estos sectores, 4 años de AUH y mucho más, no solucionan la ruptura del 2001, que no sólo se dio a nivel macro, sino a nivel micro: individual y relacional. Condiciones que son una bomba preparada para ser usada por cualquier sector político que este dispuesto prender la siniestra mecha de la necesidad que, en último término, explota en caos social.



