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16 jul 2015

Clases de negociación internacional en territorio europeo

¿Es posible creer que el giro de 180° realizado por Tsipras, Primer Ministro que desoyó los resultados del referéndum griego votando en contra del ajuste, haya tenido el objetivo de sacrificar a sus connacionales para que ocupen el espacio de mártires en lo que él, y muchos partidos anti-europeos, ven como la inevitable marcha al fracaso total del sueño europeísta? Hoy algunos análisis entienden que, con esta movida, el premier griego, en una batalla que pareció terminar a favor de Europa, le está haciendo el juego a los partidos y líderes anti europeístas como Le Pen en Francia, Orban en Hungría, Putin en Rusia o Farage en Gran Bretaña. Ninguno de estos ha intentado coaligarse con Tsipras en su cruzada euroindependentista. Como todos, entienden que Grecia tuvo que elegir entre doler y hundirse sola en el corto plazo o transitar el camino de la decadencia lenta conducida de la mano por sus vecinos. Y aunque el pueblo votó por la primera opción, Tsipras terminó dejando a su país en el peor de los escenarios de negociación posibles, tanto a nivel interno como a nivel europeo.

A nivel interno, luego de ignorar la consulta popular en la que ganó el rechazo al acuerdo, su gobierno, coaligado con partidos de inclinación antieuropea y nacionalista, empieza a partir de aquí la lucha por la supervivencia. Contra todos los pronósticos, el Primer Ministro hoy tiene que dar explicaciones a sus votantes, a aquellos que votaron por el “no”, a sus aliados y, encima, mantenerse en el gobierno.

A nivel externo, lo que pareció una jugada para reforzar la posición negociadora, terminó resultando en contrapropuestas que cada vez ofrecían menos concesiones al lado griego. La capitulación se expresará ahora como la canibalización del Estado griego en manos de burócratas europeos. ¿Cómo hizo Tsipras para desperdiciar la cintura política que le brindó el rechazo del pueblo griego al ajuste?

El tiempo lo dirá, pero hoy, y para responder a la pregunta que hicimos inicialmente, pareciera que el resultado de la negociación obedece más a errores que a una cruzada histórica en contra del sueño europeo. Los negociadores griegos no supieron leer las fortalezas y debilidades, de las que partieron y las que fueron adquiriendo/perdiendo en el transcurso de la negociación. Tampoco supieron prever cómo se desarrollaría la estrategia europea. Los recursos utilizados no fueron coherentes entre sí y la estrategia griega se volvió marcadamente ecléctica. El curso de los acontecimientos tiene un punto claro de quiebre: el cierre bancario griego. Cabe nombrar algunos puntos visibles del proceso.

En primer término, desde ambos lados se cultivó la intransigencia. Sin embargo, ambos lados contaban con recursos de poder distintos. Existía también un condicionante de partida que era lo que cada parte comunicó que haría respecto de la insostenible situación griega: Syriza, el partido de Tsipras, hizo de las reivindicaciones soberanas su discurso de campaña; los líderes europeos hicieron de la justicia e igualdad de tratamiento a los países deudores su condición para negociar. En segundo término, los griegos contaban con la legitimidad democrática de su reciente llegada al poder; Europa tenía el respaldo no sólo de los principales socios, como Francia o Alemania, sino también con el abrumador apoyo de todos los países del sur que debieron realizar dolorosas reformas para ser rescatados hace pocos años, como España, Portugal e Irlanda. Ellos no iban a permitir que Grecia obtuviera mayores concesiones de las que ellos obtuvieron.

Paréntesis sobre las posiciones de cada uno. Del lado griego, el discurso griego fue, desde un comienzo y en términos simples, “nosotros queremos quedarnos en la moneda común pero podemos/queremos pagar nuestras deudas ahora; tampoco podemos seguir soportando medidas de austeridad”. Del lado europeo fue “todos los países deben cumplir con las obligaciones asumidas por sus administraciones sin importar los cambios de gobierno. Grecia es insolvente pero si quiere obtener solvencia del Banco Central Europeo deberá cumplir con las condiciones que nosotros ponemos”. Algo que no dijeron pero también formaba parte del discurso subyacente era la necesidad de que Grecia se quede en el Euro, no tanto por el impacto económico de su salida en los eurosocios, sino por el impacto simbólico sobre el proyecto europeo y su (in)capacidad para resolver las crisis.

El transcurso de la negociación no fue más que una conversación de sordos en la que, aun los griegos aceptando la necesidad de realizar reformas, las mismas no satisfacían al eurogrupo que contraproponía condiciones a las que los griegos se rehusaban. De esta manera llegó la idea del referéndum que, si pensamos la negociación como un juego de ajedrez que Grecia estaba perdiendo, no fue patear el tablero completo pero sí fue tirar todas las fichas para tener que volver a empezar. Como en toda partida de negociación, nunca hay un “volver a empezar” o “empezar de cero”. Todas las jugadas anteriores continúan en la mente de cada participante y condicionan sus movimientos ulteriores.


El llamado a referéndum griego fue un impasse ciertamente tenso en la negociación en una semana previa de caos financiero en que los bancos griegos fueron cerrados a causa de la estrepitosa  fuga de divisas y falta de liquidez. El gobierno de Tsipras no buscó dejar de negociar sino herir la intransigencia del eurogrupo con la espada de la democracia (que ahora vemos no era filosa ni para Tispras ni para el eurogrupo). De manera inteligente, el lado más intransigente del eurogrupo convirtió el referéndum sobre la propuesta de ajuste en una consulta sobre la permanencia de Grecia en la zona euro. Ellos patearon el tablero.

Lo posterior es conocido. Gana el “no”, el tenso impasse en las negociaciones continúa y el caos financiero logra doblegar la posición Griega. Tsipras desoye el “no” y acepta un acuerdo similar al que habían rechazado desde el comienzo. Y esa es la historia de cómo Tsipras desperdició la cintura política que le brindó el rechazo al ajuste. Ahora, ¿por qué lo hizo?

Grecia utilizó a su favor, en un comienzo, el hecho de jugar cerca del abismo: incumplió pagos de deuda sucesivos y terminó estableciendo un corralito bancario. Ahora, no supo leer la intransigencia del eurogrupo ya que, de haberla leído, forzar un acuerdo posiblemente hubiera implicado acercarse más todavía al abismo: comenzar a imprimir cuasimonedas para mover su economía. No es que deberían haberlo hecho, pero como mínimo deberían haberles hecho creer a los europeos que estaban dispuestos y preparados para hacerlo. Otra medida efectiva hubiera sido coquetear e incluso llegar a algún acuerdo “anunciable” durante esa semana con alguna de las potencias orientales, como Rusia o China. Ambas están siempre a disposición para asestar un golpe bajo a Occidente.

El punto es que Grecia fue ecléctica en su estrategia: nunca creyó o estuvo realmente dispuesta a tomar el camino que decía Syriza que tomaría (elegir salir del euro y sangrar en el corto plazo vs. declinar lentamente a costa de su gente). Eso explica la vuelta en U de Tsipras.

El caos financiero producido por el cierre de los bancos griegos adquirió mayor peso que el resultado del referéndum. El mismo Primer Ministro griego acepta hoy a su TV pública nacional (ERT) que aceptaron un “mal acuerdo”. Según él, la única opción es resistir y esperar que otros “como ellos” lleguen al poder. La derrota total ya se hizo palabra en su boca.

Quedan hacia futuro algunas consideraciones. Es normal llamar a los países que componen la unidad monetaria la “eurozona”. No obstante, el enunciado pretende una unidad que la realidad ha dejado, como mínimo, en el lugar de falaz. Sería más útil, especialmente para los líderes, comenzar a hablar de “zonas de euro”, ajustándose a la irrevocable realidad de que el euro es el mismo en todos esos países pero no les afecta de igual manera. Podemos arriesgarnos a decir que esto sería útil hasta en términos económicos ya que pondría sobre la mesa la posibilidad de gestionar cada zona según sus características.

Otra incógnita que queda flotando el valor que adquiere la democracia en Europa y qué lugar ocupa en el proyecto integracionista. La integración europea ha creado potencias económicas y mejorado sustancialmente la vida de los comunitarios, caso España. El bienestar económico como componente esencial de la construcción de ciudadanía y, entonces, capacidad de agencia para que la democracia funcione en plenitud, es un logro remarcable. No obstante, la democracia supranacional está demostrando no ser un principio rector en las decisiones de la comunidad europea. Las diferencias respecto de la cualidad “ciudadanía” de cada uno de los países que componen el bloque está demostrando ser un punto de tensión que siempre cede a favor de los países con mayor peso relativo.


¿Qué favor le hacen entonces a la democracia y a la integración cuando esta hoja de ruta para resolver las crisis está enajenando a sectores de la población que dan lugar en el espectro político a partidos radicalizados y antieuropeístas? El segundo proyecto de integración más exitoso de la historia esta así plantando la semilla de su propio fracaso. ¿Cuándo germinará? 

12 nov 2012

Secession

Con las elecciones en Catalunya (25/11) en puerta, adjunto un artículo de Félix Ovejero, profesor de la UB en España, en el diario El País. 


No me acabo de reponer. Cuando intentaba entender qué había llevado a los sindicatos catalanes a defender un pacto fiscal y unas políticas lingüísticas que quiebran el principio de igualdad entre los ciudadanos, me entero de que asistieron a la manifestación independentista. Pero, en fin, con un poco de esfuerzo, puedo conjeturar alguna explicación, no muy caritativa, puestos a decirlo todo. Eso sí, lo que está fuera de mi entendimiento es el silencio de los sindicatos y de la izquierda en el conjunto de España. Incluso algunos dicen, como en los años de plomo, “algo habremos hecho los españoles para llegar aquí”. En realidad, se deberían preguntar qué es lo que no han hecho, por su dejación, por qué han aceptado sin rechistar tanta retórica trucada, peor que la de la Liga Norte.
Pero ahora, tal como ha dibujado el debate Mas, ya no cabe silbar. La propuesta secesionista no permite la equidistancia, por la misma razón que no hay un punto intermedio sobre el matrimonio homosexual. A favor o en contra. Tampoco cabe la retórica de la reacción, ese empalagoso “la culpa es que no nos quieren”. Si pueden, que fundamenten su propuesta, que no es sencillo, pero que no se justifiquen. Me fascinan las piruetas de quienes, para defender ideas que hace dos días consideraban desvaríos, se explican a sí mismos. Toda su teoría es la de Jeanette: “Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así”. Hacer sociología de uno mismo es negarse la capacidad de juicio. Deshonestidad intelectual.
El debate está abierto y, por supuesto, cabe abordar sus fundamentos. Algunos hemos dedicado libros a ello, pero, si me permiten una recomendación, busquen Secession, un clásico reciente escrito por un filósofo de procedencia marxista, Allen Buchanan. Su tesis es sencilla. El territorio político es un proindiviso, no una sociedad anónima. No es un contrato entre partes. Sevilla es tan mía como de un sevillano. O tan poco. Todo es de todos sin que nada sea de nadie en particular. Se decide en ese espacio jurídico, no se decide ese espacio. Mi propiedad es legítima porque existe previamente ese terreno común. Se vota dentro de las fronteras, no las fronteras. El “derecho” a la separación es, si acaso, derivado, respuesta a una violación sistemática de derechos básicos, como sucede con las colonias. La democracia resulta imposible si una minoría, en desacuerdo con las decisiones, amenaza con “marcharse con lo suyo”. Entonces la democracia rompe su vínculo con las decisiones justas y se convierte en un juego de amenazas. Lo podríamos llamar “el teorema de Marbella”: con una identidad compartida —que da el dinero— a prueba de carbono 14 y un “expolio fiscal” estratosférico, los marbellíes no pueden decidir que “se van con lo suyo”, porque, aunque dueños cada uno de su parcela, Marbella no es suya con independencia de una ley de todos y dentro de la cual cobra sentido hablar de mío y tuyo.
El primer paso es que Mas vaya a las elecciones con la independencia por bandera
Eso sobre los fundamentos, pero ahora estamos en otra cosa, en una respuesta política a la iniciativa del nacionalismo. Quien se cargó el pacto fiscal fue Mas. El pacto fiscal no es una alternativa a la independencia cuando se nos dice que es el camino a la independencia. Si no estamos en lo mismo, no cabe discutir sobre fiscalidad. Y si estamos en lo mismo, entonces, entre todos, como conciudadanos, no como pueblos, nos ocupamos de la justicia distributiva —no de la solidaridad, que no somos una ONG— atendiendo al principio —de la Constitución española, que no de la venezolana— de que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”.
Es posible que, como respuesta política, en algún momento, debamos preguntar por la independencia. Una pregunta que por lo dicho, porque Cataluña, como territorio político, no es más mía que de Anasagasti —por mencionar a un manifestante del otro día en Barcelona—, debería hacerse a todos los españoles. De todos modos, quizá, en el orden de las cosas, haya que pasar por una consulta en Cataluña. Sobre eso, poco que añadir a lo escrito aquí mismo por Ruiz Soroa.
Pero ese sería el final de un largo recorrido. El primer paso es que Mas vaya a unas elecciones con la independencia por bandera. Sin subterfugios. Con la palabra exacta: independencia. Su guión es nuevo: sus votantes compraron una negociación y ahora les ofrece un drama. Es algo más que el truco fundante del nacionalismo: un conjunto de individuos (los nacionalistas) sostiene que otro conjunto de individuos (más numeroso) es una nación y que ellos son sus portavoces. Ahora nos dice que esos otros quieren irse de un país. Un mensaje que no admite presentaciones desdramatizadas. Mas nos tiene que contar en detalle cómo va a llegar a la independencia y su precio. Quizá los catalanes comiencen a reparar —los empresarios, ya avisan— que la fuente de sus problemas no es “Madrid”, sino sus dirigentes.
No solo Mas tiene que hablar. No está de más decirlo. Con frecuencia, ante las tesis nacionalistas, buena parte de nuestra clase política no pasa del “no estoy de acuerdo, pero las respeto”. Como si les preguntaran sobre el vegetarianismo. A nadie se le ocurriría responder lo mismo a cuenta del sexismo. Si uno está en contra de algo, lo que hace es combatirlo en buena ley democrática. Tampoco vale, ahora menos que nunca, esa actitud intimidada que lleva a tantos a no opinar sobre lo que pasa en otra parte de España. Personas capaces de manifestarse en contra de remotas injusticias se callan ante el temor de que les digan que “no se metan en nuestras cosas”. Se han de escuchar todas las voces, no ya porque seguimos hablando de redistribución de riqueza entre conciudadanos o de vetos que rompen la igualdad en el mercado de trabajo, sino porque se trata del marco político de todos. Y su ruptura tendrá consecuencias en la vida de todos.
El cuento de que todo seguirá como si tal cosa es una patraña más de los nacionalistas
Pero hay otras razones para que todos hablen. En esas elecciones votaremos los catalanes, pero antes de hacerlo nos importa saber qué estamos decidiendo, qué nos jugamos. Algo que no depende de nosotros. Y Mas no puede contestar a las preguntas importantes, que no son que si ejército o Barça, sino qué pasará con las empresas españolas, los mercados, las pensiones, los funcionarios del Estado, nuestros ahorros, la financiación de nuestras empresas y mil cosas más. Mas nos dirá que la vida sigue igual. Pero nos mentirá. Lo que pueda venir después de una separación no depende de sus fantasías. No se ve por qué quienes tanto nos malquieren, tras un desgarro de tal magnitud, van a estar deseando amistar en una confederación. El cuento de que todo seguirá como si tal cosa es una patraña más de los nacionalistas. Por ejemplo, cuando les preguntan por la Unión Europea. En esto, al menos, Pujol ha sido sincero. Estaremos fuera.
Esto se ha puesto serio y ya nada va a ser igual. Mas se ha metido en un fangal y si encalla, no puede pretender que, al final, todo sea como antes. Ya no cabe el equilibrismo. Es posible que los nacionalistas intenten una nueva pirueta, pero es cosa de todos —un debate nacional— recordarles que ellos han dibujado un dilema en el que no hay terceras vías ni marcha atrás. Que nadie se engañe, la situación actual no es resultado de ningún agravio, sino de una estrategia de muchos años con la independencia como chantaje latente. Sin tregua, porque, alimentada de su propio éxito, el resultado siempre era el mismo: tan ofendidos como antes y los demás preguntándonos qué habíamos hecho. Una meditada ingeniería social consentida por todos ha permitido levantar una sociedad de ficción. Así ha sido posible que aceptáramos delirios como que los catalanes no puedan escolarizarse (también) en su lengua mayoritaria y común. Ahora Mas ha dado por terminado el juego. Bien, le tomamos la palabra. A las elecciones sin ambigüedades. A sabiendas, eso sí, de que al día siguiente nada volverá a ser igual. Entre todos discutiremos esto y discutiremos todo. Desde el principio.

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Fuente: http://elpais.com/elpais/2012/09/19/opinion/1348068253_310268.html

9 nov 2012


La peluca telefónica del 8N: "no le debo nada a EnTel, me cuido la nariz". 

 "Si bien valores universalistas y abstractos como la defensa del  estado de derecho y de la democracia motivaron a muchos a protestar,  durante estos episodios se evidenció el clasismo y a veces el racismo de quienes utilizan valores como la democracia para descalificar y silenciar a quienes fueron construidos como carentes de racionalidad. Siguiendo con una larga trayectoria en la cual se construye a los seguidores populistas como masas ignorantes, desorganizadas y peligrosas, y a sus líderes como exponentes de todo lo negativo de la democracia, durante estas protestas se conformaron oposiciones binarias que legitimaron como ciudadanos a unos, diferenciándolos de los acarreados  y pagados por el gobierno. Esta estrategia discursiva articulada por los medios de comunicación y por los comentarios de ciudadanos que se dieron a través de la línea abierta de Radio la luna diferenció a los ciudadanos de los acarreados; a quienes se movilizaron por valores de quienes lo hacen por la paga; a los habitantes de Quito, que supuestamente encarnan valores y formas de ser cultas, de las hordas invasoras de provincianos; a los quiteños de los “monos” (costeños) y de los “jíbaros” amazónicos".

"Las clases media alta y alta también se movilizaron por valores estéticos que abarcan desde cómo debe comportarse un primer mandatario hasta consideraciones sobre el origen social y étnico de los presidentes".

"En las caídas de Bucaram, Mahuad y Gutiérrez la democracia fue el valor  más importante. Se pueden diferenciar tres visiones de lo que los actores consideraron que es la democracia. la primera, la menos aceptada por  la población pero que circula entre algunos académicos y políticos, es la visión normativa de la democracia liberal y el estado de derecho. La segunda, muy extendida entre los protagonistas del 21 de enero y articulada por algunos sectores en las caídas de Bucaram y Gutiérrez, es la visión marxista de la democracia, entendida como un sistema económico y social y como una forma de mandato político directo que no necesita de la mediación de representantes. la tercera visión es la democracia como una forma de participación en la que el pueblo ocupa directamente los espacios que simbolizan el poder político y de los cuales se sienten excluidos los de abajo. Esta visión populista de la democracia va acompañada de discursos maniqueos a favor del pueblo en contra de la oligarquía, que es vista como la fuente de todos los males de la nación".

"Otra característica de las defensas a la democracia liberal, también herencia del siglo XIX, es que se basan en un menosprecio a los de abajo. El miedo, la aversión y el asco de las élites hacia sus compatriotas más pobres y menos blancos han ido de la mano con la idea de que la democracia liberal es una empresa civilizadora que educará y modernizará a los de abajo, siempre vistos como no preparados aún para ejercer sus derechos democráticos. Esta ambigüedad entre defender la democracia liberal y temer al “populacho” es una constante en la forma en que las élites políticas han entendido a la democracia". 

Sólo algunos breves y preliminares comentarios al respecto de la marcha de anoche. En un acto de honestidad con la realidad, ya que hoy somos conscientes de que la mediatización de estas movilizaciones puede llevar a severos desacoples, fui a la marcha para ver con mis propios ojos quienes eran, cómo eran, qué pedían y cómo lo hacían. Saque fotos y entreviste a una treintena de personas. Comentarios al respecto:

-          Un punto, a mí entender, clarísimo y muy bueno: hoy con este tipo de protestas, se han legitimado también las protestas de grupos de condición socioeconómica más baja que, uno diría, acostumbramos a ver. Se pregunto, entre otras, “Si usted el día de mañana ve una protesta de personas de condición socioeconómica más baja, le da la misma legitimidad?”. Las respuestas: “Si, claro, son seres humanos como nosotros”; “Si, porqué no”; “Si, pero no les daría plata, se la tienen que ganar”; “Si, pero creo que en esas protestas hay mucha gente paga, cosa que aquí hoy no hay”.

-          Efectivamente, las demandas son de diversa índole y de cuestiones que a todos, incluso a oficialistas, les interesan: inseguridad, inflación, corrupción, etc. En entrevistas todos demandaban estas cosas como base, entre otros comentarios, también “libertad de entrar y salir del país”; “poder estar tranquilos”; etc. En preguntas posteriores sobre cómo deberían solucionarse estas cosas ya las propuestas se desdibujaban mucho y entraban a jugar temas mediáticos como: el ANSES, la irresponsabilidad de no pagar fondos buitres, la soberbia en la política exterior, el cierre a las importaciones, etc.

-          La heterogeneidad de las demandas no refleja las condiciones socioeconómicas de los asistentes. En general se podía percibir asistencia de personas y familias enteras de extracción social media; media-alta; alta.

-          Muchos se han negado a ser encuestados a la voz de “no, no”; “no, es que nos estamos yendo”; “no, en realidad solo pase a ver”. Otros han accedido a ser encuestados pero sin dejarse filmar, y finalmente, algunos han accedido a ambos.

-          La participación política regular de los encuestados no existió, salvo en dos o tres casos (jóvenes militantes del PRO). Se exigía que la democracia no termine sólo en las urnas, sino que sea una actitud constante, pero cuando se preguntaba las maneras de participación que tenían regularmente, en la mayoría de los casos era la primera vez que asistían a una marcha y no/nunca ejercían otro tipo de participación.

-          Las demandas eran dirigidas al sistema político entero, destacando que hoy es específicamente hacia la Presidenta.

-          Existió fuerte participación de actores políticos en la organización de base, repartiendo banderas argentinas, volantes y carteles con mensajes de todo tipo. Entre los participantes se vio muchos funcionarios del PRO, volantes de Proyecto Sur de Pino Solanas, MST de Vilma Ripoll, La Generación de Esteban Bullrich, PROA de los radicales PRO.

Más allá de todo cuestionamiento a las demandas que cualquiera pueda tener, hoy Argentina se moviliza nuevamente, en términos sociales e intelectuales. Ayer fue sólo una parte de ese país, los que Juan Carlos Torre ha llamado “huerfanos de la política de partidos”. La discusión tiene que darse en todos los niveles, hay muchas demandas muy cuestionables y debatibles de todos lados. La clave es discutir la democracia con reglas democráticas, sin pasión irracional, sin violencia, teniendo en cuenta que el fin es uno sólo: construir una Argentina más grande, inclusiva e igual.

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PD: El texto de arriba es de De la Torre sobre el desarrollo democrático en Ecuador. Lo leí y creo que se pueden hacer varios paralelismos con la manera en que entendemos aquí el funcionamiento de la democracia. Todo esto, salvando las grandes diferencias entre Ecuador y Argentina en términos políticos, económicos, sociales, culturales, etc.