El discurso de la administración actual ha sido
coherente a lo largo de estos años en al menos un aspecto: el patrón de análisis
de la realidad siempre ha sido en términos relativos. Durante todos estos años
han hecho propio el recurso de la comparación para justificar cualquier
enunciado. Las comparaciones han sido múltiples: temporales, como “en 2003
encontramos un país así y hoy está así” o “durante los años ’90, en el auge del
neoliberalismo, las cosas eran así y hoy son así” y otra muy utilizada: la que
compara la actualidad con la nefasta época de la dictadura. Pero no sólo han
sido temporales sino espaciales: en esta parte del mundo las cosas son así y en
esta así. En la época donde se impuso, más que nunca, la rebelde moda de poner
los mapas al revés cuestionando los puntos cardinales N-S, el gobierno
argentino no sólo cuestionó esos puntos cardinales sino también los dos
restantes, sugiriendo en repetidas oportunidades la injusticia del mundo actual,
especialmente, para con nuestro país y continente. Recordando constantemente
que Argentina se mantenía en pie en un mundo (Europa y Estados Unidos) que se
cae a pedazos. “En esta punta del mundo hacemos las cosas así, allá las hacían
de aquella manera y miren como terminaron”.
Y claro, es que la realidad es, en sí misma, una
rebelde, ya que se resiste a ser contenida y limitada en un grupo de palabras y
gestos. Por esta razón, lo que se exprese verbalmente, siempre es parcial y no
neutral. Especialmente cuando está expresado por alguien con cierto nivel de
jerarquía en términos de poder. Más que nunca es, en este caso particular,
cuando la comparación se vuelve bastante engañosa. Pero sacando un poco de
ventaja sobre las asimetrías de información en que está inmersa la sociedad de
masas, a pesar de estar híper conectada e híper informada, es un recurso
tremendamente eficiente.
Ésta es sólo una de las razones por las que, durante
muchos años, este recurso discursivo estuvo al servicio de la política
gubernamental. Si se lo compara con 2003, el PBI argentino aproximadamente un
90% (2011), la pobreza se redujo considerablemente (o al menos cambio en su
composición) y el desempleo se ubicó en un nivel relativamente bajo. A la luz
de la comparación con el pasado se explicaban, en alguna medida, las
miserias y errores del presente y,
simultáneamente, se evitaba pensar en lo que venía.
Ahora bien, ¿será que el uso y abuso del recurso de la
comparación a lo largo de los años lo llevó a perder efectividad en su
pretensión de ensalzar la realidad actual en contraposición a la pasada? ¿O
será que la realidad actual se está llevando puesto a cualquier intento
discursivo por justificarla que no sea una explicación de las razones por las
que, una vez más, estamos sufriendo como sufrimos en aquellos años contra los
que supimos compararnos durante toda la década?
Lo que parece más claro es que hoy los indicadores
sociales y económicos están desbordando más que nunca al discurso y sólo hay
malas noticias. En los últimos tres años, el déficit se disparó y está llegando
casi a 5 puntos del PBI, la deuda externa creció, la inflación aumentó, el PBI
cayó y la construcción, la industria y la venta de autos vienen en caída libre
y parecen no encontrar el suelo. El desempleo vuelve a la agenda, el déficit
energético explica, en parte, la extrema sangría de dólares que sufre Argentina
que tan sólo hace tres años tenía 55 mil millones de dólares y hoy lucha, no
sin tropiezos, por no bajar de los 28. De la pobreza no sabemos porque ya no se
publican los índices. Ganamos una década.
A todo esto, el gobierno, no sin pocos apoyos, sigue
superándose en su capacidad de poner, para bien o para mal, el lenguaje, las
reglas de la economía y la política
nacional e internacional y otras cosas más, a su servicio. Hace “ajustes
expansivos”. Busca un “endeudamiento heterodoxo”. Y hoy, está librando una
verdadera lucha contra el mundo, digna de un adolescente enojado. Las bases
sobre las que se sustenta la economía y la política internacional del nuevo
siglo son completamente erróneas e injustas. La diplomacia con la que se
intenta cambiarla (tarde) es la del portazo, el pataleo y la puteada (desde
lejos).
Entendemos entonces que todo el que no concuerda con
la estrategia que está desarrollando el gobierno en este antiguo problema que
hoy amenaza con ahorcar a la economía por varios años sea acusado de “buitre”.
Aquí entran los ciudadanos que critican, los grandes medios de comunicación, la
señora del barrio y otros. Todos conspiran y son agentes de Griesa. Estuvieron
agazapados todos estos años, y quieren lo peor para el país, sobre todo porque
las consecuencias de una asfixia económica producida por la solución errónea
del problema no son conocidas para todos.
Es que no queda más que el terreno de la dialéctica,
donde el gobierno sigue defendiéndose a capa y espada. De los tribunales de
aquí, de los de EEUU, de los del Banco Mundial.
Mientras tanto, Argentina sigue como fiel
contribuyente a la ciencia universal. Sale de todo pronóstico científico
realizado hasta el momento y se posiciona como un caso anómalo que
constantemente está midiendo el temple de las leyes y teorías de los paradigmas
modernos de pensamiento. Con nuestra historia empujamos constantemente a la
ciencia a su etapa revolucionaria, es decir, nadie tiene herramientas para
explicar porqué a Argentina le va como le va. Tampoco el gobierno.
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