¿Es posible creer que
el giro de 180° realizado por Tsipras, Primer Ministro que desoyó los
resultados del referéndum griego votando en contra del ajuste, haya tenido el
objetivo de sacrificar a sus connacionales para que ocupen el espacio de
mártires en lo que él, y muchos partidos anti-europeos, ven como la inevitable
marcha al fracaso total del sueño europeísta? Hoy algunos análisis entienden
que, con esta movida, el premier griego, en una batalla que pareció terminar a
favor de Europa, le está haciendo el juego a los partidos y líderes anti
europeístas como Le Pen en Francia, Orban en Hungría, Putin en Rusia o Farage
en Gran Bretaña. Ninguno de estos ha intentado coaligarse con Tsipras en su
cruzada euroindependentista. Como todos, entienden que Grecia tuvo que elegir
entre doler y hundirse sola en el corto plazo o transitar el camino de la
decadencia lenta conducida de la mano por sus vecinos. Y aunque el pueblo votó
por la primera opción, Tsipras terminó dejando a su país en el peor de los
escenarios de negociación posibles, tanto a nivel interno como a nivel europeo.
A nivel interno,
luego de ignorar la consulta popular en la que ganó el rechazo al acuerdo, su
gobierno, coaligado con partidos de inclinación antieuropea y nacionalista,
empieza a partir de aquí la lucha por la supervivencia. Contra todos los
pronósticos, el Primer Ministro hoy tiene que dar explicaciones a sus votantes,
a aquellos que votaron por el “no”, a sus aliados y, encima, mantenerse en el
gobierno.
A nivel externo, lo
que pareció una jugada para reforzar la posición negociadora, terminó
resultando en contrapropuestas que cada vez ofrecían menos concesiones al lado
griego. La capitulación se expresará ahora como la canibalización del Estado
griego en manos de burócratas europeos. ¿Cómo hizo Tsipras para desperdiciar la
cintura política que le brindó el rechazo del pueblo griego al ajuste?
El tiempo lo dirá,
pero hoy, y para responder a la pregunta que hicimos inicialmente, pareciera
que el resultado de la negociación obedece más a errores que a una cruzada
histórica en contra del sueño europeo. Los negociadores griegos no supieron
leer las fortalezas y debilidades, de las que partieron y las que fueron adquiriendo/perdiendo
en el transcurso de la negociación. Tampoco supieron prever cómo se
desarrollaría la estrategia europea. Los recursos utilizados no fueron
coherentes entre sí y la estrategia griega se volvió marcadamente ecléctica. El
curso de los acontecimientos tiene un punto claro de quiebre: el cierre
bancario griego. Cabe nombrar algunos puntos visibles del proceso.
En primer término, desde
ambos lados se cultivó la intransigencia. Sin embargo, ambos lados contaban con
recursos de poder distintos. Existía también un condicionante de partida que
era lo que cada parte comunicó que haría respecto de la insostenible situación
griega: Syriza, el partido de Tsipras, hizo de las reivindicaciones soberanas
su discurso de campaña; los líderes europeos hicieron de la justicia e igualdad
de tratamiento a los países deudores su condición para negociar. En segundo
término, los griegos contaban con la legitimidad democrática de su reciente
llegada al poder; Europa tenía el respaldo no sólo de los principales socios,
como Francia o Alemania, sino también con el abrumador apoyo de todos los
países del sur que debieron realizar dolorosas reformas para ser rescatados
hace pocos años, como España, Portugal e Irlanda. Ellos no iban a permitir que
Grecia obtuviera mayores concesiones de las que ellos obtuvieron.
Paréntesis sobre las
posiciones de cada uno. Del lado griego, el discurso griego fue, desde un
comienzo y en términos simples, “nosotros queremos quedarnos en la moneda común
pero podemos/queremos pagar nuestras deudas ahora; tampoco podemos seguir
soportando medidas de austeridad”. Del lado europeo fue “todos los países deben
cumplir con las obligaciones asumidas por sus administraciones sin importar los
cambios de gobierno. Grecia es insolvente pero si quiere obtener solvencia del
Banco Central Europeo deberá cumplir con las condiciones que nosotros ponemos”.
Algo que no dijeron pero también formaba parte del discurso subyacente era la
necesidad de que Grecia se quede en el Euro, no tanto por el impacto económico
de su salida en los eurosocios, sino por el impacto simbólico sobre el proyecto
europeo y su (in)capacidad para resolver las crisis.
El transcurso de la
negociación no fue más que una conversación de sordos en la que, aun los
griegos aceptando la necesidad de realizar reformas, las mismas no satisfacían
al eurogrupo que contraproponía condiciones a las que los griegos se rehusaban.
De esta manera llegó la idea del referéndum que, si pensamos la negociación
como un juego de ajedrez que Grecia estaba perdiendo, no fue patear el tablero
completo pero sí fue tirar todas las fichas para tener que volver a empezar.
Como en toda partida de negociación, nunca hay un “volver a empezar” o “empezar
de cero”. Todas las jugadas anteriores continúan en la mente de cada
participante y condicionan sus movimientos ulteriores.
El llamado a
referéndum griego fue un impasse ciertamente tenso en la negociación en una
semana previa de caos financiero en que los bancos griegos fueron cerrados a causa
de la estrepitosa fuga de divisas y
falta de liquidez. El gobierno de Tsipras no buscó dejar de negociar sino herir
la intransigencia del eurogrupo con la espada de la democracia (que ahora vemos
no era filosa ni para Tispras ni para el eurogrupo). De manera inteligente, el
lado más intransigente del eurogrupo convirtió el referéndum sobre la propuesta
de ajuste en una consulta sobre la permanencia de Grecia en la zona euro. Ellos
patearon el tablero.
Lo posterior es
conocido. Gana el “no”, el tenso impasse en las negociaciones continúa y el
caos financiero logra doblegar la posición Griega. Tsipras desoye el “no” y
acepta un acuerdo similar al que habían rechazado desde el comienzo. Y esa es
la historia de cómo Tsipras desperdició la cintura política que le brindó el
rechazo al ajuste. Ahora, ¿por qué lo hizo?
Grecia utilizó a su
favor, en un comienzo, el hecho de jugar cerca del abismo: incumplió pagos de
deuda sucesivos y terminó estableciendo un corralito bancario. Ahora, no supo
leer la intransigencia del eurogrupo ya que, de haberla leído, forzar un
acuerdo posiblemente hubiera implicado acercarse más todavía al abismo: comenzar
a imprimir cuasimonedas para mover su economía. No es que deberían haberlo
hecho, pero como mínimo deberían haberles hecho creer a los europeos que
estaban dispuestos y preparados para hacerlo. Otra medida efectiva hubiera sido
coquetear e incluso llegar a algún acuerdo “anunciable” durante esa semana con
alguna de las potencias orientales, como Rusia o China. Ambas están siempre a
disposición para asestar un golpe bajo a Occidente.
El punto es que
Grecia fue ecléctica en su estrategia: nunca creyó o estuvo realmente dispuesta
a tomar el camino que decía Syriza que tomaría (elegir salir del euro y sangrar
en el corto plazo vs. declinar lentamente a costa de su gente). Eso explica la
vuelta en U de Tsipras.
El caos financiero
producido por el cierre de los bancos griegos adquirió mayor peso que el
resultado del referéndum. El mismo Primer Ministro griego acepta hoy a su TV
pública nacional (ERT) que aceptaron un “mal acuerdo”. Según él, la única
opción es resistir y esperar que otros “como ellos” lleguen al poder. La
derrota total ya se hizo palabra en su boca.
Quedan hacia futuro algunas
consideraciones. Es normal llamar a los países que componen la unidad monetaria
la “eurozona”. No obstante, el enunciado pretende una unidad que la realidad ha
dejado, como mínimo, en el lugar de falaz. Sería más útil, especialmente para
los líderes, comenzar a hablar de “zonas de euro”, ajustándose a la irrevocable
realidad de que el euro es el mismo en todos esos países pero no les afecta de
igual manera. Podemos arriesgarnos a decir
que esto sería útil hasta en términos económicos ya que pondría sobre la mesa
la posibilidad de gestionar cada zona según sus características.
Otra incógnita que
queda flotando el valor que adquiere la democracia en Europa y qué lugar ocupa
en el proyecto integracionista. La integración europea ha creado potencias
económicas y mejorado sustancialmente la vida de los comunitarios, caso España.
El bienestar económico como componente esencial de la construcción de
ciudadanía y, entonces, capacidad de agencia para que la democracia funcione en
plenitud, es un logro remarcable. No obstante, la democracia supranacional está
demostrando no ser un principio rector en las decisiones de la comunidad
europea. Las diferencias respecto de la cualidad “ciudadanía” de cada uno de
los países que componen el bloque está demostrando ser un punto de tensión que
siempre cede a favor de los países con mayor peso relativo.
¿Qué favor le hacen
entonces a la democracia y a la integración cuando esta hoja de ruta para
resolver las crisis está enajenando a sectores de la población que dan lugar en
el espectro político a partidos radicalizados y antieuropeístas? El segundo
proyecto de integración más exitoso de la historia esta así plantando la
semilla de su propio fracaso. ¿Cuándo germinará?
