El fenómeno de la migración en su
estado más crítico ha suscitado, durante las últimas semanas, el surgimiento de
diversas voces que han pronunciado opiniones. La complejidad de la temática se
da por la convergencia de cuestiones que normalmente se cruzan en la agenda
internacional pero no se condensan todas de una sola vez en una sola cuestión.
Estas cuestiones, por nombrar algunas, van desde la geopolítica de regiones tan
distintas como Oriente Medio y Europa en su conjunto; la religión y la
radicalización creciente de algunos sectores del Islam durante los últimos
años; hasta temas más profundos, aunque muchas veces tratados a la ligera, como
los derechos humanos y la solidaridad imperante entre los pueblos de diversas
naciones.
Como
se ve, entonces, frente a un cúmulo de cuestiones tan distintas, el diagnóstico
sobre la situación y las opiniones a su alrededor no aportan mucha claridad. Y
es que lo propio de las situaciones críticas es eso: complejidad extrema que
sobrepasa la capacidad del sistema (llamémosle Organismos Internacionales,
Estados, la gente misma o la frontera de un país) para resolver la tensión
surgida en un momento particular. Con el tiempo, luego del golpe de la
sorpresa, viene cierto orden en base a distintas propuestas para resolver la
cuestión.
Ahora
bien, entre otras opiniones vertidas, el 6 de septiembre, el Embajador de los
Estados Unidos ante Hungría entre 2010 y 2013, publicó una nota llamada “La respuesta xenófoba de Hungría” en el New York Times. En la misma sugería, como
explicación plausible a la manera en que Hungría manejó la cuestión migratoria,
mirar un poco más allá para ver la figura del Primer Ministro, Viktor Orban.
Del mismo, recordó que llegó al poder luego de ganar dos tercios del parlamento
para iniciar la “revolución de los dos tercios” de la cual surgió una nueva
constitución y paquetes de leyes que, según él ahora y los medios
internacionales desde aquel momento, se dirigieron a controlar la prensa libre,
las universidades, los gobiernos locales y las instituciones religiosas. Todas
ellas votadas virtualmente sin participación de la oposición o la sociedad
civil. Asimismo recuerda discursos no muy lejanos del PM donde éste asegura que
la democracia del tipo liberal-europeo ha fracasado y que Hungría se dirige a
una democracia iliberal del tipo ruso o turco. También, y no es el primero,
enumera ciertas medidas que hacen entender que Orban encarna un proyecto del
tipo populista nacionalista y de derecha. En su manejo de la crisis ante el
electorado, Orban recordó que los migrantes han sido criados en una religión
radicalmente distinta, que llegan para robar el trabajo a los húngaros, etc.
Del
artículo surgen más dudas que respuestas en función de algunos aspectos
bastante objetables. Primero, y muy simple, Hungría no es Orban, ni viceversa.
El Embajador y autor de la nota mezcla ambos conceptos como si fueran
intercambiables. En todo caso, y sería más justo, debería sugerirse que el
gobierno húngaro tuvo y tiene una respuesta xenófoba frente a la circunstancia.
Que el pueblo lo haya votado no lo hace responsable por cada una de las
decisiones que toma, por algo existe la política profesional dentro de lo que
es la división del trabajo en la sociedad moderna.
El
segundo punto tiene que ver con el sistema político europeo. Cuando el autor se
refiere al giro democrático de Orban da a entender también que en Europa, como
un todo indivisible, reina la democracia liberal. Habría que decir, como
principio, que en cada país el sistema democrático funciona distinto. Desde la
crisis de 2008/9, más que nunca, se evidenciaron matices marcados por la
existencia de decisiones políticas atadas, por un lado a una creciente
geopolítica de centro versus periferia al interior de Europa y, por otro, a
necesidades económicas. En relación al eje centro versus periferia, la crisis
hizo visible la creciente gravitación de ciertos líderes europeos sobre las
decisiones de sus pares. Países centrales contra PIIGS (Portugal, Irlanda,
Italia, Grecia y España) donde, por el amor a la integración, Francia y
Alemania, a través de la Comisión Europea, supieron indicar a sus pares del sur
cuáles eran las medidas económicas y políticas que deberían tomar para ser
rescatados de sus deudas. El voto popular y soberano, en el olvido. El caso
paradigmático más reciente (todavía muy reciente) donde se condensan tanto el eje
centro versus periferia como las necesidades económicas para asestar un golpe -no
de gracia pero bien fuerte a la mentada democracia liberal- fue el de Grecia.
Como se trató en un artículo anterior, fue allí donde se evidenciaron los
límites democráticos de los líderes europeos. ¿Dónde quedó el rechazo explícito
del pueblo griego al ajuste? El adjetivo
de “liberal” en un régimen democrático supone la competencia libre de
intervenciones externas para luego, en el poder, seguir la agenda de gobierno
más votada por el pueblo. Si bien no se puede asegurar que es un “fracaso” en
Europa, como dice Orban, tampoco se puede negar que el proyecto de integración
europeo ha supuesto una cesión de soberanía por parte de sus integrantes que incluye
la intervención de la política y la voluntad electoral que, sobre todo en
tiempos de crisis, abre un signo de interrogación sobre el real grado de
libertad para decidir según lo indique el electorado.
El tercer punto está relacionado al
diseño geográfico de la estructura europea. De la nota surge la idea, a nuestro
entender errónea, de una Europa que fue construida sólo por la defensa de
ciertos principios como la economía de libre mercado, la democracia liberal y
el respeto a los derechos humanos. Parece un poco ingenuo ignorar que detrás de
estos principios, por más valiosos y respetables que sean, existe la
geopolítica y un interés histórico de los países con mayor gravitación en la
región de crear líneas de seguridad cada vez más alejadas de las fronteras
territoriales formales. Esta idea, entonces, invita a preguntarse si realmente
Europa es una sola o hay una digitando a las otras regiones que servirán de
fusibles ante distintas emergencias. Tampoco hay que ignorar que los líderes de
la periferia europea saben cuál es el lugar que ocupan en esa pequeña orquesta
regional. No por nada hoy, un mes después de estallada la crisis, los países
del Este se resisten a aceptar la solución de cuotas sugerida por el Parlamento
europeo.
Finalmente, y por esto no menos
importante, está la reacción de Bruselas ante las distintas circunstancias. ¿Porqué
cabría esperar que Orban envíe un mensaje reflejando los “valores europeos”
como respuesta ante la crisis cuando Bruselas tarda semanas en dar respuestas
ante distintas emergencias que no siempre reflejan los intereses de todos los
involucrados?
Sin caer en hacer juicios valorativos
de tipo moralista, entendemos que la respuesta húngara a la emergencia
migratoria no hace más que evidenciar, una vez más, el nivel de espíritu
europeo que impera en las decisiones de los líderes regionales. En pocas
palabras, no es más que una respuesta individual ante un problema colectivo,
situada en el contexto de un sistema de decisiones colectivo, como la Unión
Europea, que ha fallado sistemáticamente en su capacidad de dar respuestas que
abarquen la mayoría de los intereses de los involucrados. Ante este retroceso,
los líderes no hacen más que cuidarse su propia espalda, en este caso, Orban
quien capitaliza el problema por su costado más electoralista hacia adentro de
Hungría.