18 sept 2015

Golpe de parte a Europa: el caso húngaro frente a la migración

           El fenómeno de la migración en su estado más crítico ha suscitado, durante las últimas semanas, el surgimiento de diversas voces que han pronunciado opiniones. La complejidad de la temática se da por la convergencia de cuestiones que normalmente se cruzan en la agenda internacional pero no se condensan todas de una sola vez en una sola cuestión. Estas cuestiones, por nombrar algunas, van desde la geopolítica de regiones tan distintas como Oriente Medio y Europa en su conjunto; la religión y la radicalización creciente de algunos sectores del Islam durante los últimos años; hasta temas más profundos, aunque muchas veces tratados a la ligera, como los derechos humanos y la solidaridad imperante entre los pueblos de diversas naciones.

            Como se ve, entonces, frente a un cúmulo de cuestiones tan distintas, el diagnóstico sobre la situación y las opiniones a su alrededor no aportan mucha claridad. Y es que lo propio de las situaciones críticas es eso: complejidad extrema que sobrepasa la capacidad del sistema (llamémosle Organismos Internacionales, Estados, la gente misma o la frontera de un país) para resolver la tensión surgida en un momento particular. Con el tiempo, luego del golpe de la sorpresa, viene cierto orden en base a distintas propuestas para resolver la cuestión.

            Ahora bien, entre otras opiniones vertidas, el 6 de septiembre, el Embajador de los Estados Unidos ante Hungría entre 2010 y 2013, publicó una nota llamada “La respuesta xenófoba de Hungría” en el New York Times. En la misma sugería, como explicación plausible a la manera en que Hungría manejó la cuestión migratoria, mirar un poco más allá para ver la figura del Primer Ministro, Viktor Orban. Del mismo, recordó que llegó al poder luego de ganar dos tercios del parlamento para iniciar la “revolución de los dos tercios” de la cual surgió una nueva constitución y paquetes de leyes que, según él ahora y los medios internacionales desde aquel momento, se dirigieron a controlar la prensa libre, las universidades, los gobiernos locales y las instituciones religiosas. Todas ellas votadas virtualmente sin participación de la oposición o la sociedad civil. Asimismo recuerda discursos no muy lejanos del PM donde éste asegura que la democracia del tipo liberal-europeo ha fracasado y que Hungría se dirige a una democracia iliberal del tipo ruso o turco. También, y no es el primero, enumera ciertas medidas que hacen entender que Orban encarna un proyecto del tipo populista nacionalista y de derecha. En su manejo de la crisis ante el electorado, Orban recordó que los migrantes han sido criados en una religión radicalmente distinta, que llegan para robar el trabajo a los húngaros, etc.

            Del artículo surgen más dudas que respuestas en función de algunos aspectos bastante objetables. Primero, y muy simple, Hungría no es Orban, ni viceversa. El Embajador y autor de la nota mezcla ambos conceptos como si fueran intercambiables. En todo caso, y sería más justo, debería sugerirse que el gobierno húngaro tuvo y tiene una respuesta xenófoba frente a la circunstancia. Que el pueblo lo haya votado no lo hace responsable por cada una de las decisiones que toma, por algo existe la política profesional dentro de lo que es la división del trabajo en la sociedad moderna.

            El segundo punto tiene que ver con el sistema político europeo. Cuando el autor se refiere al giro democrático de Orban da a entender también que en Europa, como un todo indivisible, reina la democracia liberal. Habría que decir, como principio, que en cada país el sistema democrático funciona distinto. Desde la crisis de 2008/9, más que nunca, se evidenciaron matices marcados por la existencia de decisiones políticas atadas, por un lado a una creciente geopolítica de centro versus periferia al interior de Europa y, por otro, a necesidades económicas. En relación al eje centro versus periferia, la crisis hizo visible la creciente gravitación de ciertos líderes europeos sobre las decisiones de sus pares. Países centrales contra PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) donde, por el amor a la integración, Francia y Alemania, a través de la Comisión Europea, supieron indicar a sus pares del sur cuáles eran las medidas económicas y políticas que deberían tomar para ser rescatados de sus deudas. El voto popular y soberano, en el olvido. El caso paradigmático más reciente (todavía muy reciente) donde se condensan tanto el eje centro versus periferia como las necesidades económicas para asestar un golpe -no de gracia pero bien fuerte a la mentada democracia liberal- fue el de Grecia. Como se trató en un artículo anterior, fue allí donde se evidenciaron los límites democráticos de los líderes europeos. ¿Dónde quedó el rechazo explícito del pueblo griego al ajuste?  El adjetivo de “liberal” en un régimen democrático supone la competencia libre de intervenciones externas para luego, en el poder, seguir la agenda de gobierno más votada por el pueblo. Si bien no se puede asegurar que es un “fracaso” en Europa, como dice Orban, tampoco se puede negar que el proyecto de integración europeo ha supuesto una cesión de soberanía por parte de sus integrantes que incluye la intervención de la política y la voluntad electoral que, sobre todo en tiempos de crisis, abre un signo de interrogación sobre el real grado de libertad para decidir según lo indique el electorado.

El tercer punto está relacionado al diseño geográfico de la estructura europea. De la nota surge la idea, a nuestro entender errónea, de una Europa que fue construida sólo por la defensa de ciertos principios como la economía de libre mercado, la democracia liberal y el respeto a los derechos humanos. Parece un poco ingenuo ignorar que detrás de estos principios, por más valiosos y respetables que sean, existe la geopolítica y un interés histórico de los países con mayor gravitación en la región de crear líneas de seguridad cada vez más alejadas de las fronteras territoriales formales. Esta idea, entonces, invita a preguntarse si realmente Europa es una sola o hay una digitando a las otras regiones que servirán de fusibles ante distintas emergencias. Tampoco hay que ignorar que los líderes de la periferia europea saben cuál es el lugar que ocupan en esa pequeña orquesta regional. No por nada hoy, un mes después de estallada la crisis, los países del Este se resisten a aceptar la solución de cuotas sugerida por el Parlamento europeo.

Finalmente, y por esto no menos importante, está la reacción de Bruselas ante las distintas circunstancias. ¿Porqué cabría esperar que Orban envíe un mensaje reflejando los “valores europeos” como respuesta ante la crisis cuando Bruselas tarda semanas en dar respuestas ante distintas emergencias que no siempre reflejan los intereses de todos los involucrados?  


Sin caer en hacer juicios valorativos de tipo moralista, entendemos que la respuesta húngara a la emergencia migratoria no hace más que evidenciar, una vez más, el nivel de espíritu europeo que impera en las decisiones de los líderes regionales. En pocas palabras, no es más que una respuesta individual ante un problema colectivo, situada en el contexto de un sistema de decisiones colectivo, como la Unión Europea, que ha fallado sistemáticamente en su capacidad de dar respuestas que abarquen la mayoría de los intereses de los involucrados. Ante este retroceso, los líderes no hacen más que cuidarse su propia espalda, en este caso, Orban quien capitaliza el problema por su costado  más electoralista hacia adentro de Hungría.