Una de las pocas
características que subsiste en la política argentina a pesar de los cambios de
época es el llamado movimiento pendular. La idea fue introducida, desde el
campo de la economía, por Diamand a principios de los años ’80. También tuvo
eco dentro de la ciencia política de la mano de Kvaternik como aproximación a
las idas y vueltas cívico militares durante gran parte del siglo XX.
Los últimos
treinta años no han sido muy distintos si se observa el camino transitado desde
lo económico y lo político. Comienza con Alfonsín y su aluvión de
republicanismo luego del desierto dictatorial. Con ello sobreviene también
cierta liberalización económica que mostrará ser más que tímida a la luz de lo
vivido en gobiernos posteriores. La crisis de la hiperinflación vino a ser el
corolario de una experiencia democrática que se demostró incapaz de reaccionar
a tiempo a los cambios de la economía y política internacional a la vez que no
logró liberar a la administración estatal de los grupos de interés ya
anquilosados en una estructura convertida en inviable. La revolución productiva
llegó de la mano de un peronismo cambiado profundamente desde la superficie por
un caudillo carismático como Menem, desprovisto de compromisos con la historia
y las instituciones. Una pendulación casi hacia lo contrario del anterior
mandatario radical. Y esa pendulación se vivió también en el terreno económico
y político con la liberalización irrestricta de ciertos sectores de la economía
y el surgimiento de un sector del peronismo que hizo del Estado su propio
partido político, a la vez que dejó el fortalecimiento de las instituciones a
un lado por considerarlo un traspié al progreso casi providencial del que
siempre somos víctimas (y victimarios) los argentinos. Luego vino el cambio
para que no cambie nada porque, hay que decirlo, cuando ese movimiento pendular
se produce, en Argentina pendula todo el sistema político. El radicalismo,
convertido en un Menemismo “limpio”, volvió con La Alianza, que hizo propio el
pedido del electorado por gente “honesta” que no robe. Era un gobierno de
transición en el que el péndulo se estaba moviendo nuevamente hacia el otro
polo. La última década pareciera una síntesis de lo que pasó en los ’80 y ’90.
Politización y movilización de la población, un rasgo que podría asimilarse a
los ’80, sin institucionalización, algo más propio de los ’90. Vuelta al
engrosamiento (no crecimiento, porque son distintos conceptos) del Estado pero
sin cambiar de fondo el formato de administración que nos legó la década
anterior. Un sistema de partidos que ve en la estructura estatal la razón de su
existencia y supervivencia.
Hoy estamos ante
un nuevo momento coyuntural del cual nos interesa subrayar un solo aspecto de
la pendulación que, creemos, ya se está produciendo en prácticamente todo el
espectro político. Es el cambio en el discurso y la manera de dirigirse al
electorado. La última década ha sido de discursos con fuertísimo contenido
político que no han pasado, en ningún caso, desapercibidos. Además de ese
contenido cargado de simbolismos, el estilo ha sido usualmente confrontativo,
siempre dirigiéndose a una audiencia específica con golpes propinados
destinatarios particulares y claros. La resultante paradoja es el surgimiento
de candidatos competitivos electoralmente cuya característica saliente es la de
poder hablar horas y horas pero sin decir nada. El hecho de no decir nada es,
en efecto, aglutinador ya que tampoco se puede disentir con algo que no se está
diciendo. Es el punto en que todo se vuelve un juego de palabras, y también de silencios.
De los
participantes de las próximas elecciones hay sólo tres competitivos: Scioli,
Macri y, aunque distante, Massa. En los tres casos la falta de contenido
discursivo e ideología clara y concreta con una constante. Muy atrás están los
no competitivos como Stolbizer, quien sobresale por tener cierta coherencia
discursiva y contenido concreto que justamente la hunde en el barro del déficit
de atención del votante medio, además de su falta de carisma y la ineludible
mala suerte de querer ser presidenta después de CFK.
Volviendo a las
piezas competitivas de este ajedrez en que sólo uno tendrá la gracia divina de
llevarse por delante a la reina, los tres intentan reiteradamente hacer uso de
la llamada “grieta” creada por la administración actual y mostrarse como los
reunificadores y pacificadores. La triste verdad es que, más que a Perón en el
‘73 (quien de todos modos no reunificó nada) parecen pastores de iglesia
evangelista. Si bien tanto Scioli como Massa, por razones distintas, han
radicalizado bastante su discurso en el último tiempo, ni ellos ni Macri han
sugerido propuestas concretas con concretas posibilidades de realización en un
posible mandato. Lo que sí repiten hasta el hartazgo es querer terminar con la
confrontación y división de los argentinos mirando hacia nuestro destino tantas
otras veces pretendidamente manifiesto del desarrollo.
Lo cierto es que
el amor podrá ser condición necesaria para el desarrollo pero no es suficiente.
Sin embargo, desde lo discursivo, para ellos pareciera que sí. Y las segundas
líneas de gobierno, aquellas que hasta hace algunos meses le arrancaban la
cabeza a sus contrincantes mediante frases más propias de una guerra de
vedettes que de funcionarios públicos, también están girando hacia la
pacificación. El único coherente, por primera vez, es Aníbal Fernández, quien
sigue fiel a su estilo y amenaza con destruir la pasividad sciolista. Las
primeras líneas del radicalismo, como Ernesto Sanz y compañía, quienes hace no mucho
consideraban a la AUH como una cuna de vagas y vagos que tienen hijos para
cobrar, inteligentemente ya no lo repiten. Macri y el PRO ya no están tan en
desacuerdo con la existencia de empresas estatales. En el gobierno surge desde
las profundidades del Norte Argentino una liga de gobernadores, caso Urtubey y
Closs, que aceptan la existencia de inflación asfixiante, el hundimiento de los
productores regionales y hasta hablan de la pobreza. Porqué no mencionar a
Massa, bajo cuyo calor crecieron en la Anses personajes como Boudou que, al
igual que otros funcionarios, dados los acontecimientos ya no pueden cambiar
tanto su discurso por lo que son “silenciosos estratégicos”. El colmo sería que
los Alperovich, Insfrán y Zamora se vuelvan demócratas de raza. Seguramente ese
sea el límite del cambio.
Más allá de
cualquier valoración que se pueda hacer sobre los candidatos, la Argentina está
nuevamente pendulando y en sentido contrario hacia el que fue durante los
últimos 12 años. Cada uno de los postulantes seguramente, o no, tenga en
carpeta bien archivada (como para que no se conozca antes de las elecciones)
los planes para solucionar las deudas que deja esta administración. Argentina
necesariamente irá en dirección al arreglo con sus acreedores para salir del
default parcial en que se encuentra hace ya un año, tendrá que reacomodar el
sistema impositivo, resolver el problema de divisas escasas, etc. Todo en
dirección hacia el mercado. Pero en función de lo que hay, lamentablemente
surgen más dudas que respuestas. Sin embargo hay una que sobresale y se aplica
a todos los postulantes: ¿quién será el más cínico de todos al traicionar sus
propias palabras y su pasado? Sólo lo veremos después de unos meses de nuevo
gobierno.