31 ago 2015

El cinismo del cambio

Una de las pocas características que subsiste en la política argentina a pesar de los cambios de época es el llamado movimiento pendular. La idea fue introducida, desde el campo de la economía, por Diamand a principios de los años ’80. También tuvo eco dentro de la ciencia política de la mano de Kvaternik como aproximación a las idas y vueltas cívico militares durante gran parte del siglo XX.

Los últimos treinta años no han sido muy distintos si se observa el camino transitado desde lo económico y lo político. Comienza con Alfonsín y su aluvión de republicanismo luego del desierto dictatorial. Con ello sobreviene también cierta liberalización económica que mostrará ser más que tímida a la luz de lo vivido en gobiernos posteriores. La crisis de la hiperinflación vino a ser el corolario de una experiencia democrática que se demostró incapaz de reaccionar a tiempo a los cambios de la economía y política internacional a la vez que no logró liberar a la administración estatal de los grupos de interés ya anquilosados en una estructura convertida en inviable. La revolución productiva llegó de la mano de un peronismo cambiado profundamente desde la superficie por un caudillo carismático como Menem, desprovisto de compromisos con la historia y las instituciones. Una pendulación casi hacia lo contrario del anterior mandatario radical. Y esa pendulación se vivió también en el terreno económico y político con la liberalización irrestricta de ciertos sectores de la economía y el surgimiento de un sector del peronismo que hizo del Estado su propio partido político, a la vez que dejó el fortalecimiento de las instituciones a un lado por considerarlo un traspié al progreso casi providencial del que siempre somos víctimas (y victimarios) los argentinos. Luego vino el cambio para que no cambie nada porque, hay que decirlo, cuando ese movimiento pendular se produce, en Argentina pendula todo el sistema político. El radicalismo, convertido en un Menemismo “limpio”, volvió con La Alianza, que hizo propio el pedido del electorado por gente “honesta” que no robe. Era un gobierno de transición en el que el péndulo se estaba moviendo nuevamente hacia el otro polo. La última década pareciera una síntesis de lo que pasó en los ’80 y ’90. Politización y movilización de la población, un rasgo que podría asimilarse a los ’80, sin institucionalización, algo más propio de los ’90. Vuelta al engrosamiento (no crecimiento, porque son distintos conceptos) del Estado pero sin cambiar de fondo el formato de administración que nos legó la década anterior. Un sistema de partidos que ve en la estructura estatal la razón de su existencia y supervivencia.

Hoy estamos ante un nuevo momento coyuntural del cual nos interesa subrayar un solo aspecto de la pendulación que, creemos, ya se está produciendo en prácticamente todo el espectro político. Es el cambio en el discurso y la manera de dirigirse al electorado. La última década ha sido de discursos con fuertísimo contenido político que no han pasado, en ningún caso, desapercibidos. Además de ese contenido cargado de simbolismos, el estilo ha sido usualmente confrontativo, siempre dirigiéndose a una audiencia específica con golpes propinados destinatarios particulares y claros. La resultante paradoja es el surgimiento de candidatos competitivos electoralmente cuya característica saliente es la de poder hablar horas y horas pero sin decir nada. El hecho de no decir nada es, en efecto, aglutinador ya que tampoco se puede disentir con algo que no se está diciendo. Es el punto en que todo se vuelve un juego de palabras, y también de silencios.   

De los participantes de las próximas elecciones hay sólo tres competitivos: Scioli, Macri y, aunque distante, Massa. En los tres casos la falta de contenido discursivo e ideología clara y concreta con una constante. Muy atrás están los no competitivos como Stolbizer, quien sobresale por tener cierta coherencia discursiva y contenido concreto que justamente la hunde en el barro del déficit de atención del votante medio, además de su falta de carisma y la ineludible mala suerte de querer ser presidenta después de CFK. 

Volviendo a las piezas competitivas de este ajedrez en que sólo uno tendrá la gracia divina de llevarse por delante a la reina, los tres intentan reiteradamente hacer uso de la llamada “grieta” creada por la administración actual y mostrarse como los reunificadores y pacificadores. La triste verdad es que, más que a Perón en el ‘73 (quien de todos modos no reunificó nada) parecen pastores de iglesia evangelista. Si bien tanto Scioli como Massa, por razones distintas, han radicalizado bastante su discurso en el último tiempo, ni ellos ni Macri han sugerido propuestas concretas con concretas posibilidades de realización en un posible mandato. Lo que sí repiten hasta el hartazgo es querer terminar con la confrontación y división de los argentinos mirando hacia nuestro destino tantas otras veces pretendidamente manifiesto del desarrollo.

Lo cierto es que el amor podrá ser condición necesaria para el desarrollo pero no es suficiente. Sin embargo, desde lo discursivo, para ellos pareciera que sí. Y las segundas líneas de gobierno, aquellas que hasta hace algunos meses le arrancaban la cabeza a sus contrincantes mediante frases más propias de una guerra de vedettes que de funcionarios públicos, también están girando hacia la pacificación. El único coherente, por primera vez, es Aníbal Fernández, quien sigue fiel a su estilo y amenaza con destruir la pasividad sciolista. Las primeras líneas del radicalismo, como Ernesto Sanz y compañía, quienes hace no mucho consideraban a la AUH como una cuna de vagas y vagos que tienen hijos para cobrar, inteligentemente ya no lo repiten. Macri y el PRO ya no están tan en desacuerdo con la existencia de empresas estatales. En el gobierno surge desde las profundidades del Norte Argentino una liga de gobernadores, caso Urtubey y Closs, que aceptan la existencia de inflación asfixiante, el hundimiento de los productores regionales y hasta hablan de la pobreza. Porqué no mencionar a Massa, bajo cuyo calor crecieron en la Anses personajes como Boudou que, al igual que otros funcionarios, dados los acontecimientos ya no pueden cambiar tanto su discurso por lo que son “silenciosos estratégicos”. El colmo sería que los Alperovich, Insfrán y Zamora se vuelvan demócratas de raza. Seguramente ese sea el límite del cambio.


Más allá de cualquier valoración que se pueda hacer sobre los candidatos, la Argentina está nuevamente pendulando y en sentido contrario hacia el que fue durante los últimos 12 años. Cada uno de los postulantes seguramente, o no, tenga en carpeta bien archivada (como para que no se conozca antes de las elecciones) los planes para solucionar las deudas que deja esta administración. Argentina necesariamente irá en dirección al arreglo con sus acreedores para salir del default parcial en que se encuentra hace ya un año, tendrá que reacomodar el sistema impositivo, resolver el problema de divisas escasas, etc. Todo en dirección hacia el mercado. Pero en función de lo que hay, lamentablemente surgen más dudas que respuestas. Sin embargo hay una que sobresale y se aplica a todos los postulantes: ¿quién será el más cínico de todos al traicionar sus propias palabras y su pasado? Sólo lo veremos después de unos meses de nuevo gobierno.