El
orden mundial posterior a la Segunda Guerra
Mundial se moldeó a partir de los resultados del conflicto armado. Al menos en
Occidente, hasta la caída de la
URSS , el liderazgo norteamericano fue la constante. Luego del
’89, se constituyó un escenario unipolar y las instituciones que regían, hasta
el momento y principalmente para Occidente, se hicieron extensivas a Oriente.
En el contexto de la hegemonía norteamericana, los cimientos de la economía
internacional se asentaron sobre dos instituciones de participación
multinacional: Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. Los cimientos de
la política internacional yacen en la vigencia de los Organismos
Internacionales, especialmente las Naciones Unidas y dentro de ella su Consejo
de Seguridad.
En estos días, Obama debe estar teniendo
problemas para conciliar el sueño. Las responsabilidades de Estados Unidos como
garante del orden internacional se expresan con furia en distintos frentes. Por
aceptación u omisión de las mismas.
En el terreno económico, el surgimiento del
nuevo Banco de Financiamiento por parte de los BRICS enciende una luz amarilla sobre
de la vigencia de las instituciones financieras internacionales establecidas en
el post Bretton Woods, al menos tal como las conocimos hasta hoy. Sobre todo,
considerando que el funcionamiento de instituciones no sólo depende de sus
características sino también de la confianza de los actores que las utilizan en
que esas instituciones son el arreglo posible más eficaz y eficiente para
interrelacionarse.
Creer que es signo de la decadencia del hegemón
es creer en una verdad revelada. Nada de lo que sucede hoy indica decadencia,
sino un período transicional. Fue una expresión de voluntarismo dialéctico
extremo afirmar que el capitalismo se estaba terminando durante la crisis de
2008. El capitalismo (supuestamente terminado) redobló la apuesta con más
capitalismo: salvó, en distintos países del mundo (siempre con dinero de los
contribuyentes), a todo el sistema bancario.
Paréntesis nacional de este fenómeno. Hoy, aunque
muchos funcionarios de nuestro gobierno sueñan con la construcción de un banco
solidario, asegurar que este banco va a operar en otros términos que los ya
existentes es el clásico solipsismo al que nos han acostumbrado: existe si
nosotros lo concebimos en nuestra mente. La realidad sólo como un estado
mental. La sed genera alucinaciones. La sed de dólares, también. Una suerte de
oasis en el desierto capitalista.
Sólo sabemos que no sabemos nada: el banco
recién empezará a funcionar en varios años y todavía no se conocen los términos
y condiciones bajo los cuales lo hará.
Volviendo a la esfera internacional, es
interesante preguntarnos en qué medida Estados Unidos, con la política de tasas
bajas aplicada por el Fed durante los últimos años, ha contribuido a impulsar
la valentía económica del grupo de emergentes “estrella”. Multipolarismo económico
le queda muy grande a la realidad económica actual. Ahora bien, la política
monetaria fuertemente expansiva que desarrollo el Banco Central de los Estados
Unidos durante los últimos años inundó de dólares el mundo.
Con el objetivo de apuntalar el consumo interno,
por un lado, la Reserva Federal
imprimió dólares y, por el otro, bajó las tasas de interés a niveles históricos
acelerando la circulación del dinero. La consecuencia: en vez de poner el
dinero en los bancos, la gente, los inversores y cualquiera que poseyera
dólares prefirió tenerlo en la mano para gastarlo en cuanto pueda.
Gasto en consumo corriente y muchas ganas de
usar el dinero, por ejemplo, para dar préstamos a países normalmente
considerados riesgosos, a tasas de interés de países seguros y solventes.
Bolivia tomó deuda a 4,875% en 2012. Kenya y Jamaica han tomado deuda a tasas
levemente más altas, aunque todavía sorprendentemente bajas.
Esta fiebre de dólares a nivel internacional tuvo
un fuerte impacto sobre los países emergentes que, en muchos casos, supieron
engrosar sus posiciones en dólares hasta niveles históricos. Este es el caso de
Latinoamérica, dejando de lado casos especiales como Argentina y Venezuela,
donde los Bancos Centrales se encuentran fortalecidos.
El
atrevimiento de algunos países en lo económico también tiene su expresión en el
terreno político. El fenómeno más conocido por estos días es el conflicto de
Rusia con Ucrania, que no es más que la materialización de la política exterior
regional que el país bicontinental ha desarrollado durante su historia. Lo
importante es la frontera con los europeos que en ningún caso debe coincidir
con la frontera natural del gigante. Diplomacia blanda ha sido la desarrollada
hasta ahora: intervención sutil en la política interna de los países que la
rodean, creación de Estados tapón hacia Occidente. Nada distinto de lo que hace
la Unión Europea
hacia el Oriente. La intervención en Crimea fue en la dirección contraria.
Y el
vacío de respuesta producido a este evento es ciertamente otro llamado de
atención. No hay respuesta a este evento. Recién meses después, Estados Unidos
se alía con la Unión Europea
para imponer algunas sanciones. No tantas, sino los europeos tendrán frío el
invierno que viene.
Tampoco hay respuestas al conflicto subyacente
entre China y sus vecinos por el espacio marítimo. Si así fuese, Japón no
estaría cambiando radicalmente la política militar que ostentó desde la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos tiene serias dificultades para
intervenir en los equilibrios de poder existentes en cada región del mundo. Se
multiplican los conflictos en todos los casos. Así también las dudas. Entre
tanto, el líder indiscutido de los ’90 pelea para mantener el magro crecimiento
económico logrado en los últimos años. Quizas, no poder ocuparse de la política
interior y exterior de manera simultánea y coherente sea, muy posiblemente, uno
de los principales signos de un liderazgo que, aunque persiste, está en baja.